Las mujeres del gallego Amancio Ortega, el dueño de “Zara”

 

ISOBARAS

SANTI GURTUBAY

Amancio Ortega está de enhorabuena: Ya es el tercer hombre más rico del mundo según Bloomberg. Su inmensa fortuna se ha forjado, en parte, gracias a las más de 5.527 tiendas que tiene abiertas por todo el mundo. El empresario gallego siempre ha sido un ejemplo a seguir como emprendedor, o eso dicen. Nos hablan de grandes cifras y éxitos. Aplaudimos y admiramos. Pero no cuestionamos. Son escasas las ocasiones en las que trascienden noticias sobre las condiciones laborales de los talleres textiles que fabrican para sus marcas en el extranjero.

Y si llegan a nuestros oídos no le damos una gran importancia. penas pensamos cómo ha sido posible que podamos comprar una camiseta por 5 euros y la multinacional siga obteniendo beneficios. Con esos 5 euros de camiseta se paga el sueldo de las dependientas, el de los transportistas y el de las personas que han confeccionado la prenda de la nada. Y no olvidemos que también hay que pagar el hilo, la luz, el agua, la gasolina y un sin fin de gastos. Y aun así hay beneficios.

No hace falta explicar que la clave está en la mano de obra barata. Desde la visión de un empresario, pagar sueldos y comprar el material supone un gran gasto. Si quieres ganar más hay que maximizar beneficios con el menor coste posible. Se suele creer que las condiciones de esclavitud laboral se dan en países extranjeros en vías de desarrollo. Tal vez debamos repasar la historia de la construcción del imperio “Zara”. Es poco conocido cómo un pequeño taller en el centro de La Coruña consiguió expandirse por todo el mundo.

Muchas gallegas son hijas, nietas y sobrinas de mujeres que cosieron durante los inicios de “Zara”. Mujeres que trabajaron desde sus pequeñas aldeas día y noche con máquinas de coser rudimentarias intentando levantar lo que se ha convertido en un imperio. Amancio Ortega dio trabajo y dinero a muchas modistas gallegas. Pero, ¿a qué precio? He visto con mis propios ojos la precariedad y la esclavitud que supone ese trabajo. Horas y horas uniendo con hilo montañas de tela para conseguir un poco de dinero. El trabajo de las modistas casi siempre ha estado en la economía sumergida en España. Jamás se le ha dado el valor y reconocimiento que merece. “Zara” no iba a ser menos.

Tenían talleres regularizados por diferentes puntos de Galicia, por supuesto, pero las pequeñas aldeas son otro mundo. Si no puedes vivir del campo la mejor opción dedicarte a la costura. Los pequeños talleres de ‘corte y confección’ de las casas trabajaron durante años para “Zara”. En estas empresas trabajaban hasta cinco mujeres del núcleo familiar a las que se les pagaba unas 150 pesetas por cada pantalón confeccionado. No estaban aseguradas, no había contrato. Solo cosían y cobraban. Con el tiempo algunas mujeres fueron regularizas pero otras no. Nadie se preocupaba de si eso era legal o no porque era algo “habitual” en el mundo del textil.

Han pasado los años y la práctica sigue siendo similar. A mayor escala y en diferentes países. Más barato y mayores beneficios. Nadie se hace multimillonario de forma honrada. Felicidades a todas las costureras gallegas que han trabajado durante años duramente. Esa medalla de bronce también os corresponde a vosotras.


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